La vida de Buffo el Grande
Hola, me llamo Viveka y soy muy fan de las declaraciones de principios. Vengo a pencharles aquí una con la que me he topado recientemente. No puedo más que describir este texto como un tanto brutal, directo y ciertamente sincero, aún cuando viene de un personaje de ficción, pero al fin y al cabo, me pongo en plan Buffo y digo yo, en el fondo…¿no lo somos todos?
Es larguito, pero merece la pena, se lo aseguro.
“Tumultuosa es la resurrección del payaso. Salta desde el ataúd aun cuando sus acólitos lo mantienen en alto, ejecutando un doble salto mortal. (Se había iniciado en la vida como acróbata). Estrepitosos aplausos, vivas. Se lanza una y otra vez alrededor de la pista estrechando manos, besando a aquellos niños que no chillan de terror, despeinando las cabecitas de chicos de ojos desencajados de tan abiertos, que vacilan entre las lágrimas y la risa. Buffo, que estaba muerto, vuelve a vivir.
Y todos abandonan la arena conducidos por este parrandista demoniaco, maligno, encantado.

Los otros payasos le llaman el Viejo en señal de respeto, aunque no tenía todavía 50 años, y parecía suspendido sore el climatorio de sus días.
Una sed perpetua y tremenda dominaba todos sus hábitos. Tenía los bolsillos siempre abultados de botellas; bebía prodigiosamente, aunque de algún modo nunca quedaba satisfecho, como si el alcohol fuese el inadecuado sustituto de alguna intoxicación más vehemente y sustancial, como si le hubiese gustado embotellar el mundo entero, vertérselo por el gaznate y orinarlo luego contra la pared. Era cockney por nacimiento, su verdadero nombre era George Buffins, pero hacía tiepo que lo había olvidado […]
-Nos suicidamos-decía Buffo el Grande-. A menudo nos colgamos de los coloridos tirantes con que nos sujetamos esos pantalones tan amplios como las faldas que llevan los musulmanes por temor a que el Mesías nazca de un hombre. O, a veces, se le puede sustraer al domador de leones una pistola y reemplazar las balas de fogueo por otras auténticas. ¡Bang!, una bala en el cerebro. O, en París, uno puede arrojarse bajo un tren en el metro. O, si uno tiene la fortuna de contar con un encierro moderno, uno podría asfixiarse con gas en la propia buhardilla solitaria, ¿no es así? La desesperación es la compañera constante del payaso.
Porque a menudo no hay elemento voluntario alguno en hacer el payaso. A veces, sabe usted, nos hacemos payasos cuando ya hemos fracasado en todo lo demás. Bajo estos impenetrables disfraces de la pintura blanca, es posible que descubra, si se detiene a mirar, los rasgos que otrora se enorgullecían de ser visibles. […]
La risa del niño es pura hasta que por primera vez se ríe de un payaso. […]
-La hilaridad que el payaso produce crece en la misma proporción que la humillación que está obligado a soportar-continuó Buffo, volviéndose a llenar el vaso de vodka-. Y, sin embargo, podría decirse, ¿no es así?, que el payaso es la imagen de Cristo.-Con un movimiento señaló el icono suavemente iluminado en un rincón de la apestosa cocina, donde la noche se arrastraba en forma de cucarachas por los rincones.-El despreciado y el rechazado, el chivo emisario sobre cuyos hombros vencidos se amontona la furia de las turbas, el objeto y, sin embargo,…¡sin embargo!, también el sujeto de la risa. Porque lo que somos es lo que hemos elegido ser.

Sí, joven, joven compadre, joven Primero de Mayo, nos sometemos a la risa por elección. Somos las putas de la hilaridad porque, como las putas, sabemos lo que somos; sabemos que meramente nos alquilamos y trabajamos duro, y no obstante para quienes nos alquilan somos seres que siempre están jugando. Nuestro trabajo es su placer, de modo que creen que nuestro trabajado ha de ser también nuestro placer, por lo que hay siempre un abismo entre la concepción que tienen de nuestro trabajo como juego y la nuestra para nosotros; la holganza de ellos es nuestra faena.[…]
No crea que no he meditado con frecuencia acerca de la risa, mientras, vestido en mis harapos demasiado humanos, me humillo en el aserrín. ¿Y quiere saber lo que pienso? Que en el cielo no rien, por nunca jamás. imagine a los santos como números de un gran circo. Catalina haciendo malabarismos con la rueda. San Lorenzo en la parrilla, un espectáculo propio de cualquier exhibición de fenómenos. San Sebastián, ¡el mejor espetáculo de lanzamiento de cuchillos jamás visto! Y San Jerónimo con el león sabio que apoya la pata sobre el libro, ¡un gran número de animales con este último!
Y el gran amo de la pista en el cielo, de barba blanca y con el dedo levantado, para quien todos esos ejecutantes y muchos otros menos santos desempeñan sus números en el infinito aro de fuego, alrededor del globo que rueda de continuo. Pero nunca se oye una risa allí, ni una risita siquiera. Pueden gritar los arcángeles: “¡Traed a los payasos!”, hasta que la cara se les ponga azul, pero la banda celestial nunca atacará las notas de la introducción de La banda de los gladiadores con sus arpas y trompetas, nunca, no hay por qué preocuparse….pues nosotros estamos condenados a quedarnos abajo, ¡clavados en la cruz infinita de las humillaciones de este mundo! […]

El payaso es fuente de hilaridad, pero…¿quién ha de hacer reir al payaso? […]
-Y, sin embargo,-reanudó Buffo la conversación-, tenemos un privilegio, un raro privilegio que hace de nuestra situación proscrita y desconsiderada, algo precioso. ¡Podemos inventar nuestra propia cara! nos hacemos a nosotros mismos.
Señaló las facciones blancas y rojas superpuestas a las suyas propias, nunca visibles. […]
Pero, una vez hecha la elección, estoy condenado, por tanto, a ser perpetuamente Buffo. Buffo para siempre. ¡Larga vida tenga Buffo el Grande! Seguirá vivo en tanto algún niño en algún sitio lo recuerde como un asombro, una maravilla, un monstruo, algo que, de no haber sido inventado, habría por fuerza que inventarlo para enseñarles a los niños pequeños la verdad acerca de la inmundicia del inmundo mundo. En tanto un niño recuerde… […]
Sin embargo,-prosiguió-, ¿soy yo este Buffo que he creado? ¿O cuando hice que mi cara fuera la de Buffo creé ex nihilo otro mí mismo que no soy yo? Y ¿qué soy yo sin mi cara de Buffo? Pues…nadie en absoluto. Quitadme todo este maquillaje y debajo meramente nohay Buffo. Una ausencia. Un vacío.”
Angela Carter. Noches en el circo.
Todas las imágenes pertenecen a una serie de otro grande, Erwin Olaf. Y, por cierto, tienen en el Da2 de Salamanca una retrospectiva de este fotógrafo hasta el 21 de ferero del 2010.
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